"Bienvenidos al recorrido por la historia viva de Piñoncito"
El Cerro Viejo

El "Cerro Viejo", de acuerdo a los relatos de nuestros mayores, no es solo una montaña: es un lugar de memoria y sabiduría. Recibe su nombre en honor al mamo Don Viejo. Durante esa época se vivía sin sal, con alimentos como la mazamorra de algarroba y los insectos sagrados: chicharras (zhima), cocuyos (borruno), mariposas (zhigukula) y gusanos (chi).
Piedra Mola (Atogua)

Espacio donde antiguamente se molían o trituraban los alimentos, como el maíz para preparar arepas, bollos y mazamorras, así como el café, entre otros. Cada casa tenía una de estas piedras molas. Con el paso de los años, solo las personas mayores recuerdan su uso, ya que actualmente han sido reemplazadas por molinos.
Tamaca de Toro
Lugar sagrado para la sanación espiritual profunda. El toro, para el pueblo Wiwa, es símbolo de fuerza. Si alguien deseaba sacrificar una res, debía retribuir espiritualmente al espacio, para que la sangre derramada sirviera como sanación para las demás reces del corral.
Guardianes de Piñoncito

Esta es la antigua vivienda donde Juana Maestre vivió y forjó su hogar, un espacio sagrado que guarda memorias de lucha, amor y sabiduría ancestral. En este lugar, Juana sembró los valores que aún hoy perviven en la comunidad, dejando huellas imborrables en la historia del territorio Wiwa de Piñoncito.

Antigua vivienda donde Briguilia Maestre vivió y forjó su hogar con sabiduría y fortaleza. En este lugar nacieron historias, se transmitieron saberes ancestrales y se fortaleció el tejido familiar que aún vive en la memoria de su descendencia y comunidad.

Esta fue la antigua vivienda de María Montaño, donde con amor, esfuerzo y sabiduría ancestral forjó su hogar y dio origen a la gran familia Montaño. Aunque hoy en día este espacio se encuentra abandonado, sigue siendo un símbolo vivo de memoria, raíces familiares y del legado espiritual que permanece en el corazón de la comunidad Wiwa.

Antigua vivienda donde Segundo Díaz vivió y forjó su hogar.
Relatos de la Abuela Montero
Durante un diálogo profundo y significativo con la mayor Carmen Isabel Montero Malo, según su cédula, se indica que nació el 15 de mayo de 1950. Sin embargo, al escucharla relatar con tanta claridad y detalle sucesos de tiempos antiguos, consideramos que podría contar con más edad de la registrada, pues sus memorias se remontan a épocas muy remotas.
Ella compartió que, en aquellos tiempos memorables, las viviendas en la comunidad de Piñoncito eran construidas con techos de paja —conocida también como docora— y paredes de barro. Las primeras familias que habitaron y construyeron en esta comunidad, según sus recuerdos, fueron los Montaño y los Gil.
En esos días no se conocía el azúcar como hoy la usamos. Lo que predominaba era la panela, producida artesanalmente. Todo se molía en piedra. Los alimentos eran preparados desde la visión de la dualidad, una concepción ancestral que equilibra lo femenino y lo masculino, lo espiritual y lo terrenal.
Carmen Isabel también compartió una experiencia particular sobre el proceso de formación de las sagas —las mujeres sabias que preservan el conocimiento ancestral—, donde existían reglas estrictas de alimentación y comportamiento. Sin embargo, con nostalgia y preocupación, señaló cómo muchas de esas normas y ordenamientos espirituales se han ido perdiendo con el tiempo.
A lo que ella, con mirada sabia y profunda, respondió que sí, que es posible, siempre que haya voluntad colectiva, respeto por los mayores, y sobre todo, amor por la cultura y por la memoria ancestral.
Piñoncito Hoy
Hoy la comunidad de Piñoncito es hogar de familias desplazadas por el conflicto armado. Estas familias, buscando un espacio seguro y digno, han hecho de esta comunidad su lugar de vida. A través de la agricultura del maíz, yuca, plátano, hortalizas y la pesca artesanal, han levantado sus hogares, construyendo una economía basada en el trabajo comunitario y el respeto por la tierra. Cada cosecha, cada pesca, cada día, es una afirmación de resistencia, memoria y esperanza.